La Profecía de Camparmò

 
 

Escrito por p. Ricardo Argañaraz

Texto de la profecía - Para España

La luz iluminará tus tinieblas.
La noche está dejando lugar al día
y mi gloria resplandece.
Tú, luz de mi gloria, debes resplandecer;
tú, palabra de mi boca, debes ser;
tú, acción de mi caridad, debes realizar.
Tu sed de hacer, tu hambre de ser,
Yo, el Señor, la conozco.

Camparmò será mi casa de oración:
habitarán con mis vírgenes mis pobres.
Casa de conversión, de comunión,
donde mi amor tendrá el esplendor de mi resurrección.
Camparmò, signo de unidad, de santidad, de gloria.
Camparmò, morada de Dios.
Brotarán de mi casa nueva vocación, nueva evangelización.
Camparmò, signo de conversión y de fidelidad a Dios.

Todos aquellos que Yo, el Señor, os enviaré,
serán elegidos y queridos por Mí,
para ser amados y nutridos por ti, siervo mío;
usados y modelados por Mí, Señor y Dios,
según mi voluntad y para mi obra gloriosa.

Tú serás el pastor de los pobres y de los vírgenes.
Ninguno de vosotros perecerá,
porque grande es mi amor por vosotros.
Tú serás el signo del nuevo pastor:
todo se cumplirá y me glorificaréis por siempre.

Vuestras manos estén siempre dirigidas hacia Mí
para ser bendecidas en la obra que deberéis cumplir.

No temas, Yo te hablo a través del corazón.

Biella, 25 de Agosto de 1978

Texto de la profecía - Para Latinoamérica

La luz iluminará tus tinieblas,
la noche está dejando su lugar al día
y mi gloria resplandece.
Tú, luz de mi gloria, debes resplandecer,
tú, palabra de mi boca debe ser;
tú, acción de mi caridad, debes realizar.
Tu sed de hacer, tu hambre de ser,
Yo, el Señor, las conozco.

Camparmò será mi casa de oración:
habitarán con mis vírgenes mis pobres.
Casa de conversión, de comunión,
donde mi amor tendrá el esplendor de mi resurrección.
Camparmò, signo de unidad, de santidad, de gloria.
Camparmò, morada de Dios.
Brotarán de mi casa
nueva vocación y nueva evangelización.
Camparmò, signo de conversión y de fidelidad a Dios.

Todos aquellos que Yo, el Señor, les enviaré
serán elegidos y queridos por mí,
para ser amados y nutridos por ti, siervo mío;
por Mí, Señor y Dios,
usados y modelados según Mi voluntad
y para mi obra gloriosa.

Serás tú el pastor de los pobres y los vírgenes.
Ninguno de ustedes se perderá
porque grande es mi amor por ustedes.
Tú serás el signo del nuevo Pastor;
todo se cumplirá y me glorificarán eternamente.

Sus manos estén siempre dirigidas hacia Mí,
para ser bendecidas en la obra que deberán cumplir.

No temas, Yo te hablo a través del corazón.

Biella, 25 de Agosto de 1978

Introducción

Aspecto histórico

Dos son las actitudes que han sellado mi vida y han estado siempre presente en mi corazón: el deseo ardiente de amistad y una fuerte inclinación a la oración. Mirando mis 79 años atrás, estos dos sentimientos han estructurado mi vida personal y relacional. Puedo decir que ya de muchacho me he unido en amistad con muchos hermanos y hermanas y, desde que me he encontrado con el Señor Jesús, no he dejado nunca más, mi oración personal; 61 años de oración diaria.

Es en este contexto estructural de mi personalidad es cuando se inserta la fundación de la Koinonía Juan Bautista y, por lo tanto, también la profecía que llamamos la Profecía de Camparmó.

Justo después de la efusión del Espíritu Santo, sucedida el sábado 4 de mayo de 1975 en Ronchi di Villafranca, diócesis de Padua, se ha hecho fuertemente presente en mí, la voluntad de constituir una comunidad que estuviera toda centrada en la oración; diciendo “toda”, quiero deciros un tiempo consistente dedicado a la oración, como en un tiempo fueron los monasterios, donde la jornada de 24 horas estaba dividida en 8 horas de oración, 8 horas de trabajo y 8 horas de descanso. De esto se ve que el tiempo de oración es, sin duda alguna, de superior respeto a los otros dos momentos de la jornada donde veníamos contemplando también otros servicios necesarios para el sostenimiento y desarrollo de la vida ordinaria.

Después de la efusión del Espíritu, sentí en mi corazón esta elocución fuerte y suave al mismo tiempo: “Ven al desierto, y allí Yo te hablaré”. Sometí esta inspiración a los hermanos con quienes vivía y compartía la misma vida comunitaria; la respuesta fue unánime: “Sí, esta voz viene del Señor; debes seguirla”.

Con el consentimiento de los hermanos de mi Fraternidad Presbiteral, me decidí a hacer dos meses de desierto como ya había hecho cuando a la edad de 18 años encontré al Señor Jesús. Me retiré sobre la cima del monte Palón, en la cadena del Pasubio de las pequeñas Dolomiti, en la casita cerca a la iglesia, dedicada a los soldados fallecidos en la primera guerra mundial. El 4 de julio de 1975 inicié mi desierto en el que durante las dos primeras semanas hice ayuno completo de solo agua. El Señor concedió luz sobre la futura comunidad y me habló claramente al corazón: “Te daré un puesto a la izquierda de estos valles, donde vivirás con hermanos que no son aquellos con los que hoy vives”. Junto a esta elocución, recibí una imagen de dos caminos que salían y descendían del monte: uno oscuro, en el que se veía salir gente enferma de todo género, y el otro luminoso, en el que se veía descender gente totalmente curada y gozosa.

Sucesivamente, el 19 de septiembre de 1975, llegué a Camparmó, ayuntamiento del Valle del Pasubio, diócesis de Vicenza, justo a la izquierda de la cima Palón como el Señor me había anunciado. Camparmó será el lugar de la futura Koinonía Juan Bautista. El 2 de abril de 1976, junto al joven Sandro Bocchin, tomé la posesión definitiva de todo el pueblecito de Camparmó, abandonada desde 1902 y re habitada en los años 1914-18 por un cuartel del regimiento italiano que defendía el frente en el monte Pasubio. Desde el 2 de abril del ´76 en adelante, con la ayuda de un óptimo albañil de la zona, comencé a restaurar las casas derrumbadas.

El 24 de junio de 1978, la hermana Antonietta Salvan, perteneciente a la Renovación en el Espíritu Santo de Cossato, diócesis de Biella, recibió una profecía concerniente a mi persona y dirigida al preposto de la fraternidad presbiteral de la que yo era por entonces miembro. Tal profecía decía esencialmente: “Dejad libres los pies de Ricardo, para que vaya a Camparmó; aquel suelo Yo lo he bendecido”. Yo no conocía a Antonietta. Más tarde cuando tuve la oportunidad de encontrarme con ella me reveló que ya desde finales de 1976, por mandato del Señor, oraba por un sacerdote que ella había identificado con la persona del p. Ricardo. Aquel sacerdote era yo.

Esta es la primera profecía que el Señor dio a Antonietta para Camparmó. La segunda llegó dos meses después, precisamente el 25 de agosto de 1978; esta segunda es la profecía programática sobre Camparmó que ha encaminado la experiencia comunitaria de Camparmó y de toda la comunidad Koinonía Juan Bautista.

Es en este contexto histórico-geográfico que viene dado por parte del Señor la profecía que ahora comentaré a la luz de mi experiencia y de la experiencia de toda la Koinonía después de 35 años desde la fundación de Camparmó.

Descripción de la Profecía

La profecía está empapada de conceptos; en una primera lectura es difícil poderla comprender en su plenitud. Exige una comprensión que viene de la fe y de la experiencia histórica, no solo personal, sino también exige una comprensión de los acontecimientos históricos de la Iglesia. Es una profecía surgida unos 10 años después de la conclusión del Concilio Vaticano II. Por tanto, es necesario afirmar con fuerza, que es una profecía llena de conceptos no solo “bíblicos”, sino “bíblicos a la luz del Concilio Vaticano II”.

Propongo una subdivisión de la profecía que enseguida desarrollaré detalladamente:

1. La primera parte, que está dedicada completamente a la persona del fundador, y por tanto, a mi persona;
2. La segunda parte dice qué es Camparmó, qué es la Koinonía;
3. La tercera parte indica quiénes son llamados a ser miembros de la Koinonía Juan Bautista;
4. La cuarta parte describe la competencia del pastor;
5. La quinta parte se refiere al estilo de vida de los miembros de la Koinonía;
6. Y al final, la conclusión, que se refiere nuevamente a mi persona en cuanto fundador.

En la primera parte en la profecía se proclama lo que el Señor hará en mi corazón y en mi vida; dice explícitamente: “Ricardo”.

En la segunda parte está descrita la Koinonía, en sus diversas partes organizativas (oasis, realidades, comunidades familiares, casas de oración) cómo deben de ser. Se afirma la identidad de Camparmó como Casa de Oración que resplandece de la resurrección del Señor y que es signo de su presencia en esta tierra. De la Casa de Oración y del signo de su presencia, surgirán nuevas vocaciones y nueva evangelización.

En la tercera parte se afirma lo específico de los miembros de la Koinonía, subrayando que son enviados por el Señor, en cuanto son por Él elegidos y queridos, para que la Koinonía los forme para la realización de su “obra gloriosa”.

En la cuarta parte, la profecía afirma que la intención divina, que (yo) sea signo del nuevo pastor en cuanto fundador, y que todo llegará a su realización para la eterna gloria de Dios.

En la quinta y última parte, la profecía confía a los miembros de la Koinonía la tarea de tener siempre las manos vueltas a Él para recibir la bendición y así poder cumplir la nueva evangelización a través de la nueva vocación.

La profecía concluye ordenándome andar en exilio de donde una vez purificado, el Señor me volverá a llamar a Camparmó. Concluye con una promesa: “No temas, Yo te hablo a través del corazón.

1. El fundador

La profecía afirma que el Espíritu Santo, a través de su luz, haría desaparecer las tinieblas de mi corazón y de las circunstancias de vida que me envolvían. Las tinieblas, no indican tanto una situación de pecado, sino más bien, una carencia de luz y de conocimiento acerca de la obra misma que el Señor quería hacer a través de mí. En efecto, a la luz de 36 años de profecía, ahora entiendo que las tinieblas correspondían a la falta de discernimiento y de comprensión de la obra, del proyecto, de la visión que el Señor me había dado a través de la profecía. Progresivamente, poco a poco, a través de las diferentes vicisitudes históricas, el Señor ha iluminado las tinieblas. Esta comprensión progresiva se explica muy bien con el uso del gerundio: “la noche está dejando lugar al día y mi gloria resplandece”, es decir, que la noche está pasando, porque el sol de la gloria divina está volviendo luminoso el día. Por esto, el Señor, me encomienda que debo resplandecer, que debo ser y que debo cumplir. Me invita a resplandecer, acogiendo en mi vida su gloria que no puede ser otra que la realización de su voluntad; soy llamado a ser anunciador de su Palabra; llamado a actuar en todo con una caridad heroicamente vivida.

Concluye así esta primera parte referida a mí, donde el Señor afirma conocerme a mí y que Él, conoce mi “sed de hacer” y mi “hambre de ser”, así como dice el salmo: “Señor, tú me escrutas y me conoces”(Salmo 139,1).

Toda la primera parte está proponiendo una espiritualidad, no solo para aquél que un día será pastor, sino para cada miembro de la Koinonía Juan Bautista. Viene subrayado, en efecto, un aspecto no tanto ascético de la propia vida del cristiano, sino místico: la persona no es “movens”, sino “mota”, es decir, la persona no se mueve por sí sola, sino que es movida por el Espíritu Santo a través de sus dones.

Esta espiritualidad subraya que es el Señor quien va a realizar en nosotros su obra de transformación de toda nuestra persona en una auténtica vida mística. Esta vida mística lleva a la concretización de nuestra semejanza a Cristo Señor y es entendida como una comunión intensa con el Padre, bajo la acción del Espíritu Santo, que producen frutos sabrosos y bienaventuranzas, preámbulo de la vida que nos espera en el paraíso. Esta vía mística sea de cada miembro y de toda la comunidad entera, vivida con el vínculo heroico de la caridad, en la amistad que nos lleva a una auténtica identificación con el Señor Jesús que nos empuja a dar la vida por el Señor y por los hermanos, como lo ha hecho el mismo Jesús.

“No hemos recibido un Espíritu de esclavos sino de hijos adoptivos” (cfr. Rom 8,15) que nos hace gritar: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).