Adviento 2020

Panorama desde la colina de Jericó con vistas al lugar donde Juan bautizaba, frente al monte Nebo
 
 
Panorama desde la colina de Jericó con vistas al lugar donde Juan bautizaba, frente al monte Nebo

A todos los hermanos y hermanas de los oasis – realidades de la
Koinonía Juan Bautista

¡Cristo ha resucitado!

Querida hermana/querido hermano:

El comienzo del evangelio de Lucas nos habla del ministerio profético de Juan Bautista y, en particular, de su mensaje que no era ciertamente atractivo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?» (Lc 3,7). Imaginaos si también nosotros, actuales Juan Bautista, fuésemos por ahí con un mensaje de este tipo, en un clima de sufrimiento y de incertidumbre como el que estamos viviendo; incluso sin Covid-19, nos lincharían y no les faltaría razón. No podemos comparar la sociedad actual con aquella de Israel del siglo primero, pero en cualquier caso descartamos que los contemporáneos de Juan Bautista disfrutasen cuando se les llamaba la atención públicamente. Por tanto, hemos de identificar qué era lo que movía a las multitudes no solo a permanecer allí a escuchar los reproches, sino incluso a pedir consejos al Bautista: «¿Qué debemos hacer?» (Lc 3,10). El secreto de tanta disponibilidad y docilidad por parte del pueblo lo encontramos algunos versículos más adelante: «El pueblo estaba a la espera» (Lc 3,15). Es precisamente la espera lo que vuelve los corazones disponibles al cambio y lo que caracteriza el tiempo litúrgico del Adviento, en el cual estamos llamados a cultivar en nosotros el ardiente deseo de Su venida.

El carácter profético de nuestra comunidad, desde su nacimiento, nos mueve a esperar y a ir más allá de los confines del presente. Es el mismo Señor quien nos está guiando a través de Sus promesas y nos marca el paso en este camino, porque quiere que dependamos de Él. Sin embargo, en estos últimos años se percibe en nuestra sociedad y en la Iglesia misma, un cierto abatimiento movido por la falta de confianza ante el futuro, de las instituciones y de los compromisos de amistad estables, como el matrimonio y la consagración. Esta desconfianza nos afecta también a nosotros; y es como un velo que ofusca nuestra visibilidad y no nos permite contemplar los «designios de paz y no de aflicción, un porvenir y una esperanza» (Jer 29,11) prometidos por el Señor, llevándonos a mirar más a nosotros mismos que a Él. A veces casi parece que las promesas divinas sean inalcanzables en esta Tierra y que están esperándonos en el Paraíso. Mirando también a nuestra comunidad, la salida de hermanos y hermanas que estaban unidos a nosotros con compromiso perpetuo da la razón a cuanto venimos diciendo y ha contribuido de alguna manera a alimentar la duda y el abatimiento.

En este sentido, sin declinar nuestras responsabilidades, y conscientes de que el Señor es celoso y nos llama a la santidad, nos corresponde a todos nosotros dar un salto de madurez, preguntándonos: ¿Qué puedo hacer yo por la comunidad? ¿Qué espera el Señor de mí?

Creo no equivocarme al imaginar la voz de Jesús que responde: «Continúa teniendo confianza en Mí y en los hermanos que tienes a tu lado, no te desanimes, sino mantén tu mirada fija en Mí y en mis promesas».

De hecho, la confianza incondicional en el Dios de las promesas es la que nos permite crecer espiritualmente y permanecer fieles a Él a través de la comunidad, justamente por el hecho de que nos damos cuenta siempre más de que el ‘milagro’ de la comunión no depende de nosotros, de lo buenos que somos, de las capacidades que tengamos, sino que es don que viene de lo alto y habita en los corazones de los humildes, de aquellos que miran la viga que hay en su ojo y no la paja en el ojo del hermano, de aquellos que renuncian a la lógica de la acusación y del chantaje y, asimismo, de aquellos que reconocen en el hermano que tienen al lado, con sus pobrezas, un sacramento de Jesús, tal como nos lo ha enseñado el Maestro: «estuve desnudo y me vestisteis (…), en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,36).

Querida hermana, querido hermano, es cierto que hoy la mentalidad es profundamente diversa de aquella de los tiempos de Juan Bautista, pero es verdad también que el hombre en cuanto creatura divina, llamada a una íntima relación de filiación con el Padre, porta en su intimidad unas actitudes que las circunstancias y el pensamiento dominante pueden solo amplificar o mitigar, pero no eliminar; ¡una de estas es la confianza! No nos dejemos, por tanto, robar la confianza, esa es la única que puede encender la esperanza y volver ardiente el deseo de Su venida. Aquel que lo ha prometido es fiel, hasta el punto que ya nos ha dado como don a Su Hijo unigénito. La inminente fiesta de la Navidad desafía toda forma de rutina y provoca a la mente racional del hombre para que se rinda frente al ‘tembloroso’ corazón del Padre que, siempre y con modos creativos, quiere y trata de alcanzarnos.

Te invito, por tanto, en este tiempo de Espera, a invertir más en la oración y a recordar al Señor las promesas que te ha hecho y que nos ha hecho como comunidad, en particular aquella proclamada por nuestra hermana Ela Wróbel durante el seminario de julio de 2018:

«Koinonía Juan Bautista, te he visitado la primera vez cuando te he modelado en mi seno según mi visión, según mis proyectos. Mi segunda visita fue durante tu expansión por todo el mundo. Ahora espera mi tercera visita. Debes ser como un centinela sobre tus muros, debes mirar a lo lejos, porque te visitaré, mi visita será imprevista, inesperada».

Este es el comentario de Ela: «Debemos custodiar aquello que el Señor ya nos ha dado, porque el enemigo quiere dividirnos y volvernos débiles. Aquello que vendrá será verdaderamente grande; su visita será muy fuerte, diversa de las dos precedentes y nos dará tanta alegría».

Con la certeza de que el Señor no nos defraudará, te saludo con afecto deseándote una espera viva y una Navidad gozosa.

Tiberíades, 26 de noviembre de 2020

p. Giuseppe De Nardi
Pastor general