Cuaresma 2016

 
 

A todos los hermanos y hermanas de los oasis – realidades de la
Koinonía Juan Bautista

¡Cristo ha resucitado!

“Entonces, volviendo en sí, dijo: […] Me levantaré e iré a mi padre” (Lc 15,17-18)

En esta Cuaresma jubilar resuena fuerte el mensaje de la misericordia. Podemos dar muchas definiciones y muchas imágenes pero, para nosotros como Koinonía, ¿qué nos sugiere la palabra “misericordia”?

La parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15,11-32) nos ofrece una respuesta. Misericordia es retornar a la casa del padre para “estar con” el padre y con el hermano mayor. En otras palabras, para nosotros como Koinonía, misericordia es vivir la comunión.

Estar con el padre es fácil: el padre no reprocha nada y nos devuelve todo aquello que hemos perdido. En todo caso la dificultad es de parte del hijo pródigo, que ya no sabe estar con el padre como hijo sino como siervo. El padre en la parábola no pide penitencia, ni siquiera un tiempo de prueba; él quiere que el hijo aprenda a vivir como al inicio, sin tener que arrastrar siempre el recuerdo de sus pecados y deficiencias. El hijo pródigo es figura de Adán, llamado a estar nuevamente desnudo, transparente y sin tener que esconderse continuamente. Estar con el padre significa vivir mi relación con el Señor con gratitud y alegría, no con tristeza, sin seguir llorando siempre por las propias pobrezas: es alegrarme porque, a pesar de lo que soy, Dios está en comunión conmigo.

Estar con el hermano mayor, sin embargo, no es fácil. Éste no comparte la alegría del padre porque alimenta reservas y juicios hacia ambos: el hermano menor no merece ser recibido como hijo y el padre ahora no está siendo justo, al realizar una fiesta despilfarrando los bienes que corresponden en herencia al mayor. También el hijo mayor es figura de Adán que, en un cierto momento, instigado por el diablo, ve a Dios y a Eva como rivales que atentan contra su libertad y su alegría. El hijo mayor nos enseña a saber compartir, a no tener miedo de aquellos que nos “roban” lo que nos pertenece. Vivir con el hermano significa no tener miedo del otro, porque en el amor no se pierde nada.

El retornar a la casa del padre es un recorrido de reconciliación y de sanación donde ambos hijos son sanados del sentido de culpa y del antagonismo. Es aquí donde Adán reencuentra su inocencia perdida. Así es como en la casa retorna la comunión marcada por la misericordia.

Surge entonces la pregunta clásica: ¿Qué debo hacer?
• Haz de todo para que el otro se encuentre bien contigo.
• Haz de todo para que el otro te diga “gracias”.
• Haz de todo para que el otro se vuelva tu amigo.

Personalmente me permito sugerir una comportamiento práctico: la mansedumbre. La mansedumbre es la dulzura, la bondad hacia los hermanos; es la capacidad de reaccionar no según lo que siento sino según lo que mi hermano necesita. Si el hermano mayor no se vuelve dulce, el hijo menor escapará de nuevo. Si el hijo menor no se vuelve dulce, será un aguijón en el costado del hijo mayor. La mansedumbre es lo que me permite estar en casa con mi hermano y juntos experimentar qué bueno es el Señor.

La tradición de la Iglesia es rica en preceptos y sugerencias, entre los cuales cada uno puede elegir los más convenientes. No seas avaro en la elección, pero no olvides ser manso para que la casa de la Koinonía sea la casa del Padre donde se vive el don de su misericordia.

Esta es el compromiso principal de esta Cuaresma: la mansedumbre.

p. Alvaro Grammatica
Pastor general