Cuaresma 2017

 
 

A todos los hermanos y hermanas de los oasis - realidades de la
Koinonía Juan Bautista

¡Cristo ha resucitado!

“Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo…” (cfr. Mt 5, 13-16).

Este pasaje bíblico de Mateo nos sitúa en el corazón del mensaje de las bienaventuranzas cuando Jesús, como nuevo Moisés sobre el monte de la revelación evangélica, comunica a sus discípulos los preceptos de la Nueva Ley. En realidad no son preceptos, sino más bien nuevos modos de vivir el don de Dios y nuevos caminos de comunión.

Lo que impresiona es la invitación a ser sal y luz. Podríamos reflexionar mucho acerca de lo que quería decir Jesús cuando exponía estas dos metáforas. Seguro que pensaba en la sal que, habiendo perdido su valor, era usado para no resbalarse en los atrios del Templo, y pensaba en Hippos, la ciudad de la Decápolis, enfrente del lago de Tiberíades, que de noche debía brillar debido a sus luces. Metáforas muy claras y motivadoras. ¿Qué nos pueden indicar a nosotros?

La sal conserva, purifica pero, sobre todo, da sabor a un alimento. Lo propio de la sal es que ensalza las propiedades gustativas de una comida. Así la vida del discípulo de Jesús debería ser gustosa, interesante, atractiva. De lo contrario, nos convertiremos en un antitestimonio. Pero, ¿qué hacer para que nuestra vida se vuelva salada y pueda permanecer así con el paso del tiempo, independientemente de los avatares de la vida? ¿Qué le da sabor?

La alegría. Es la alegría la que marca la diferencia en nuestra vida y la hace llevadera y hermosa, no obstante nuestras pobrezas y dificultades que bien conocemos. La alegría no es un simple sentimiento de ausencia de problemas; es una cuestión de fe. Uno es alegre porque tiene confianza en Jesús, el que por nosotros ha dado su vida que no perece jamás. La alegría es como un árbol que tiene raíces de las cuales extrae fuerza: la Palabra de Dios que testimonia nuestra salvación, afirma la resurrección y confirma la bendición preparada para nosotros.

Este es el primer compromiso: lee, ora, proclama la Palabra de Dios. En esta Cuaresma dedica tiempo a la Palabra; es una inversión para la alegría y así darás sabor a tu vida. Entonces la sonrisa abundará en tu rostro.

Hippos de noche no podía no ser vista incluso desde lejos; debía de ser un espectáculo que agradaba también al mismo Jesús. Una vida luminosa es lo que el Señor desea para nosotros. La luz tiene el poder de iluminar el camino que tenemos por delante y nos guarda de peligros que están al acecho. Cuando hay luz, ya no está uno desprevenido. ¿Qué ilumina lo que tenemos delante y ahuyenta todo miedo a lo desconocido?

La oración. La oración que separa las tinieblas de la luz y da la seguridad de la meta. La oración que nos permite ver incluso las distancias más lejanas y desafiar la niebla que incesantemente desciende sobre nuestros días. La oración que da esperanza porque nos muestra el tesoro que nos aguarda.

Este es el segundo compromiso: orar. No se trata sólo de aumentar el tiempo de oración, sino de mejorar la calidad, de modo que abunden la gratitud y la alabanza.

Palabra y oración son el binomio de esta Cuaresma para aprender a sonreír siempre y a dar gracias en todo momento y por todo. Entonces el corazón se sentirá ligero y capaz de comunión, abriremos las manos a la generosidad y nuestro espíritu a la misericordia.

Acojamos la invitación de Pablo: “La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra y de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.” (Col 3,16-17).

Plzeň-Valcha, 25 de febrero de 2017

p. Alvaro Grammatica
Pastor general