Cuaresma 2019

Copyright Centro Aletti - LIPA Edizioni
 
 
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A todos los hermanos y hermanas de los oasis – realidades de la
Koinonía Juan Bautista

¡Cristo ha resucitado!

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio encontramos escrita una expresión típica del desarrollo del pensamiento bíblico acerca de la retribución y es que cada uno porta el peso de sus pecados. No se puede, por tanto, atribuir la responsabilidad a los demás como sostiene, por otro lado, una teología de la retribución todavía infantil y de sabor veterotestamentario, muy en boga hoy, que se usa fuera de lugar para aplazar la propia conversión y para plantear egoístas pretensiones.

Vivimos en un tiempo en el cual parece que se ha vuelto a reavivar la caza de brujas. Y las brujas, naturalmente, son siempre los demás. Así nos encontramos con proclamas que invitan a la conversión dirigidas, naturalmente, a los demás, como si aquellos que las promulgan se encontrasen en las condiciones de poder hacerlo.

En el capítulo 9 del evangelio de Lucas hallamos escrito: «Después dijo a todos: Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la salvará.» (Lc 9,23-24). Lo que impacta es que Jesús usa el adjetivo posesivo para indicar que la conversión no puede ser más que personal. Soy yo quien debo convertirme y no los demás. De hecho esta es una novedad de Jesús, que lleva a su cumplimiento el pensamiento bíblico: yo soy responsable de mi conversión.

Aquí no se trata de la vida de los otros, sino de la propia. Así que debo ocuparme en primer lugar de mí mismo. Por tanto, en este tiempo de cuaresma, concentrémonos en aquello que vence nuestro propio egoísmo, realizando acciones contrarias a nuestro mero interés.

Alguno me objetará: ¿Y la verdad? ¿Y el pecado de los otros? ¿Acaso no debemos denunciar el mal? La respuesta es muy sencilla: 1 Corintios 13, el himno a la caridad. Hay que acercarse al hermano con la misericordia. La verdad ha de ser filtrada siempre por el amor. Y el amor entre hermanos se llama misericordia. Este es, quizá, el verdadero y más alto acto de amor: la misericordia que todo lo excusa y todo lo soporta, porque la verdad no puede nacer más que del amor y del perdón.

Queridos, luchemos contra nuestro propio egoísmo que nos erige como jueces, dejemos de juzgar y de tender trampas de tipo farisaico a los hermanos, compitamos en la estima mutua y ejercitemos lo que es típicamente evangélico: la misericordia.

La Iglesia propone una amplia elección de instrumentos ascéticos como la oración, el ayuno, la limosna, pero sobre todo las obras de misericordia espirituales y corporales. Entre todas estas podemos elegir una que seguro es fácilmente realizable para todos: cerrar la boca al hablar contra el hermano. Y si aún quieres hacer algo más, ve a su encuentro con gestos de perdón.

Haciendo de esta manera pondremos en práctica lo que Jesús dice y seremos dignos de su presencia en medio de nosotros.

Pilsen-Valcha, 23 de febrero de 2019

p. Alvaro Grammatica
Pastor general