De nuevo en tierra firme

 
 

(Testimonio de una sanación del cáncer - Lioba Radke es una consagrada desde hace 20 años en la comunidad Koinonía Juan Bautista y vive desde 2006 en Jerusalén).

Hasta ahora conocía la enfermedad del cáncer sólo de oídas. Es verdad que hemos tenido hermanos y hermanas enfermos con este mal, pienso especialmente en p. Emanuele. Sin embargo, desde un punto de vista personal, todavía no había entrado en contacto con esta grave enfermedad. Pero esto cambió de modo inesperado en este año.

El otoño pasado comencé a sentir molestias en el colon. Al instante pensé que se trataba de hemorroides. Traté de curarme sola, también por la sencilla razón de que se trata de una parte del cuerpo de la que no gusta tanto hablar, y mucho menos pasar visita médica. Aparentemente logré “gestionar mis molestias”. Sin embargo, el día de Nochebuena por la mañana tuve una fuerte hemorragia. Me encontraba conmocionada y, muy preocupada, me acerqué finalmente al médico. Me dio una crema diciéndome que, más adelante, necesitaría realizar una rectoscopia. Me sentía de nuevo bastante bien y estaba contenta de haber podido arreglarme así de fácil. Continué teniendo ligeros dolores, pero como tenía tantas ocupaciones, no le hacía caso.

Tres meses después, el Domingo de Ramos, tuve por segunda vez una hemorragia espontánea. Esta vez el flujo de sangre no se detenía fácilmente. Me acerqué inmediatamente a Urgencias y, el día siguiente, al médico de cabecera. Recibí la cita para el especialista para seis semanas después. Vista la situación, la comunidad decidió enviarme Alemania para ulteriores verificaciones y visitas médicas. El Domingo de Pascua, después de la misa de Resurrección, partí.

Esta era mi situación: No estaba segura de lo que me esperaba pero ciertamente estaba en las manos del Señor. El martes de la semana de Pascua tuve una cita con una especialista muy buena. A la luz de los hechos, decidió que debía realizar una rectoscopia dos días después. El viernes de la semana de Pascua, que este año correspondía con el Viernes Santo de la Iglesia Ortodoxa, la doctora me llamó para pedirme que fuera a su consulta. El diagnóstico fue éste: carcinoma de colon.

Me sentía resignada. Aquel día por la mañana había leído la carta del apóstol Pablo a los Filipenses: “Me siento como forzado por ambas partes: por una, deseo la muerte para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; por otra seguir viviendo en este mundo es más necesario para vosotros. Persuadido de esto último, presiento que me quedaré y permaneceré con todos vosotros” (Flp 1, 23-25).

Me siento como forzado por ambas partes: por una, deseo la muerte para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; por otra seguir viviendo en este mundo es más necesario para vosotros. Persuadido de esto último, presiento que me quedaré y permaneceré con todos vosotros.
- Flp 1,23-25

Llamé inmediatamente a mi comunidad en Israel para contarles la novedad. Supe que enseguida se pondrían a orar. Al poco tiempo fue enviada desde nuestra Sede una circular a todas las comunidades de la Koinonía Juan Bautista para informar a los hermanos acerca de mi estado de salud y así comenzó una gran cadena de oración.

Aquel mismo día la especialista me mandó a Oncología. Allí me esperaba el médico responsable de la sección. Con gran amabilidad me explicó las terapias que tendría que afrontar: una operación para implantar un port sobre el seno derecho, dos semanas de quimioterapia y seis semanas de radioterapia. Al día siguiente me confió que en toda su vida de médico jamás había visto una persona con tal paz en una situación así. “Debe ser la confianza en Dios” –decía. La verdad era que, en esta nueva y difícil situación de mi vida, el Señor comenzó a sostenerme.

No sabíamos bien cómo organizar mi estancia en Alemania. Sería bueno que una hermana de la comunidad me acompañase durante el tiempo de mi terapia. Mis padres no tenían bastante sitio en su piso. Además, mi padre, después de un ictus sufrido hace cuatro años, está en silla de ruedas. No quería de ningún modo ser un peso para ellos. Así el Señor, en su misericordia, abrió nuevas puertas: me escribió una hermana de comunidad. Estaba a la espera de su visado para los Estados Unidos y, por este motivo, obligada a permanecer en Europa durante un tiempo indefinido. Se ofreció para estar a mi lado durante el tiempo de mi terapia. Al mismo tiempo entré en contacto con una comunidad de monjas que tenían su monasterio a tan sólo 200 metros del hospital. Nos ofrecieron poner a nuestra disposición un piso suyo durante el tiempo que durase la cura y todo esto gratuitamente.

Pocos días después nos transferimos a nuestro “nuevo” piso. Me acababan de implantar el port y mi hermana de comunidad había llegado mientras tanto. Me sentía animada. El objetivo de los médicos era la curación completa a través de la quimio y de la radioterapia, para poder renunciar a una ostomía intestinal. Uno de mis médicos hablaba de hecho de un 95% de posibilidades de sanar completamente.

Yo soy el Señor que te sana.
- Ex 15,26

El lunes siguiente inicié tanto la quimioterapia como la radioterapia. Estaba sorprendida de lo bien que me sentía. Pero, pocos días después, entré en la primera crisis. Comencé a sufrir náuseas, pero lo más grave era el hecho que la ulceración cancerosa en los últimos días había aumentado y empezaba a inflamarse con las primeras sesiones de radioterapia. Me encontraba bajo la amenaza de una oclusión intestinal. Para evitar los peor, el médico me recetó fuertes laxantes. Parecía que nada funcionaba. Recuerdo que estaba en la cama y lloré. Me sentí abandonada e indefensa. Entonces pedí a mi hermana que orase por mí. Cuando puso su mano sobre mi cabeza y comenzó a orar, sentí un calor profundo que invadía todo mi cuerpo. Mi llanto se volvió más intenso y me di cuenta de que mi tensión interior se estaba deshaciendo. Sentí el consuelo del Señor que llenaba mi corazón. Me vino a la mente la palabra de la Biblia: “Yo soy el Señor que te sana.” (Éxodo 15, 26) y “por sus llagas hemos sido sanados” (Isaías 53, 5). A los pocos minutos el bloqueo intestinal se deshizo y conseguí con facilidad ir al baño, y así seguiría durante el resto de la terapia.

Las semanas siguientes pasé todavía algunos momentos difíciles que requerían paciencia y fe. Lo más difícil era la sensación de impotencia, de no poder influir sobre la propia situación y un sentido grande de abandono. Pero la oración de la comunidad y de muchos amigos me ha sostenido durante el periodo entero de mi enfermedad.

He entendido cómo el Señor ha usado la enfermedad para ablandar la dureza de mi corazón. He comenzado a sentir una profunda compasión hacia las personas que encontraba en la sección de Oncología. Hombres y mujeres de edades diversas, que a menudo se encontraban peor que yo. Me he dado cuenta del gran don de la salud, el don de poder gustar buena comida y la enorme gracia de la vida. Cada día oraba: “Señor, hazme vivir y concédeme el don de la salud”.

Hoy, es decir, cuatro meses después, estoy libre del cáncer. El carcinoma sencillamente ya no existe. El Señor ha sido misericordioso y ha transformado mi lamento en danza. Me ha dado buenos médicos, me ha dado muchos hermanos y hermanas que estaban conmigo y me han sostenido durante el periodo de la enfermedad con su amor y sus oraciones.

Quiero concluir este testimonio con una palabra de la primera carta de Pedro, que me ha dado una hermana al inicio de la terapia: “Y el Dios de toda gracia, que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de un corto sufrimiento os restablecerá, os fortalecerá, os robustecerá y os consolidará. Suyo es el poder por siempre. Amén.” (1 Pe, 5, 10-11).